|
Esta exposición compuesta por conjunto de 52 retratos, tiene la intención de que los bolivianos y bolivianas redescubramos en los rostros de personas que vivieron la etapa de formación y consolidación de la república (1820 – 1952) algunos aspectos de nuestra propia imagen. La muestra forma parte de una investigación más amplia que viene trabajando el Museo Nacional de Arte, en ella, se ha optado por mostrar retratos de personajes del ámbito privado desechando los retratos oficiales más conocidos por el público y que suponen otra lectura generalmente relacionada con el ejercicio público y la investidura del personaje.
El deseo de pervivencia de la presencia de las personas a través de la imagen propia se ha manifestado de forma permanente en el ser humano. El mito de Narciso enamorado de su reflejo en el agua es una constante en la psicología de las personas pero la fijación de la imagen no es un tema de simple vanidad, es también un juego simbólico en el que se involucran un conjunto de significantes desde aquellos relacionados al recuerdo intimo de los seres queridos y la transmisión de valores familiares hasta los relacionados al prestigio público y el ejercicio del poder.
El retrato del siglo XIX en Bolivia representa un quiebre no sólo en la aproximación que desecha una fuerte tradición religiosa impuesta por la evangelización para descubrir un género muy poco desarrollado hasta entonces, el del retrato libre que se desarrolló ampliamente a partir del deseo de perpetuar la memoria de los próceres, cuyos retratos invadieron los muros de las instituciones públicas en todo el país. Se trata mayormente de retratos oficiales identificados por vistosos uniformes. Al finalizar el siglo nuevas influencias llegaron a la pintura boliviana, el Romanticismo y el Realismo se hicieron presentes en la literatura y la música y el género del retrato reflejó estos cambios, por un lado, se abandonan los fondos neutros que servían para destacar la figura de próceres y militares, utilizándose escenografías conformadas por salones, cortinajes y elementos arquitectónicos o vistas del paisaje a través de ventanas Y se multiplicaron los retratos femeninos. Mientras que por otro lado, aparecieron retratos de personajes de la vida cotidiana como El Bobo de Elisa Rocha y El Mendigo – Manuel Maidana de Ángel Dávalos, personajes considerados “insignificantes” para la sociedad del momento y que marcaron un cambio en la actitud de los artistas, abandonando el retrato por encargo para fijar la mirada en los “no retratables” lo que refleja también un cambio en los roles del arte y los artistas.
La práctica del retrato tuvo su mayor producción entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Hacia 1900, el retrato mostraba una diversidad de enfoques, algunos de los cuales respondían todavía a la tradición neoclásica mientras que otras representan ya el academismo finisecular de las generaciones impresionistas y simbolistas.
La pintura boliviana en el período de transición entre los dos siglos tiene en el retrato y la pintura alegórica su máxima expresión. La presencia del retratista más prolífico Avelino Nogales, nacido en Potosí y formado en París y Buenos Aires.
En el primer tercio del siglo XX destacaron un grupo de retratos de gran maestría realizados por Arturo Borda, un pintor autodidacta cercano al Simbolismo de gran valor y poco reconocido en vida. Poseedor de una gran fuerza expresiva y originalidad. Su obra Retrato de mis padres constituye un ejemplo extraordinario de la elaboración poética y del retrato modernista. Como tal fue mostrado, por un crítico norteamericano, en una exposición dedicada al arte latinoamericano auspiciada por las universidades de Yale y Texas, calificada como la obra más importante de la pintura latinoamericana en su género. Este descubrimiento despertó el interés sobre la vida y obra del autor, catorce años después de su muerte. Borda fue un apasionado por el género del retrato y produjo una gran cantidad de retratos relacionados a su familia y otra serie de personajes de la época.
En la década de los años cincuenta se destacó la figura de Cecilio Guzmán de Rojas, quien en su etapa inicial de formación en el taller de Avelino Nogales en Cochabamba, sorprendió con la elaboración de un autorretrato, de extraordinaria factura, en el que se representa con la vestimenta típica de los jóvenes de la época, con sombrero bombín y una rosa en la solapa del abrigo, sentado frente al caballete y con la mirada fija en el lienzo, mientras sostiene en la boca un cigarrillo. Autorretrato que constituye el inicio de una carrera brillante que ha de marcar de manera emblemática el desarrollo del pensamiento y la integración de la república en torno al proyecto nacionalista que culminaría después de la Guerra de Chaco en la Revolución Nacional de 1952, dos años después de la muerte del artista.
El retrato modernista en nuestro país alcanzó su máxima expresión en la obra de Jorge de la Reza, formado en los Estados Unidos y el lituano Juan Rimsa. En este momento de auge del retrato civil en Bolivia, muchos artistas incursionaron en el género y se produjeron piezas de gran factura entre las que destaca el Retrato de Yolanda Bedregal realizado por Rimsa.
La muestra que será presentada en las Salas Temporales del Museo Nacional de Arte permanecerá abierta al público hasta el 7 de septiembre del año en curso.
La Paz, 8 de agosto de 2008
AGRADECEMOS SU GENTIL DIFUSIÓN
|