En este marco, del conjunto
de ángeles del museo algunos se desprenden del anónimo
Maestro de Calamarca, sobresaliendo el Ángel arcabucero
Asiel Timor Dei, una de las obras maestras de la pintura virreinal,
bellísimo ejemplo que muestra la riqueza y espléndido
colorido de estos curiosos ángeles guerreros. Se suman
al conjunto obras como San Gabriel, San Rafael, Ángel
de la Guarda y varias versiones de San Miguel arcángel,
que junto a otros ángeles dieciochescos hacen más
rica la serie del museo
Otra importante
escuela andina es la cuzqueña, que produjo durante
los siglos XVII y XVIII una innumerable cantidad de obras
con destino a Charcas. De esta escuela, enriquecen esta colección
un San Miguel arcángel y una Inmaculada del pintor
indio Diego Quispe Tito, obras de gran calidad que muestran
un exquisito sobredorado o brocateado. La Visita de la Virgen
a su prima Santa Isabel y Santa Rosa de Lima, así como
otras obras anónimas de buena factura, son también
ejemplos de esta escuela.
La pintura virreinal, pese a las influencias recibidas del
viejo mundo, mantiene características propias de las
culturas prehispánicas como el sobredorado, el tratamiento
de un solo plano, y la preferencia por el mundo idealizado
donde pájaros y ángeles se mezclan para dar
una imagen muy andina de lo que es el cielo. Las figuras responden
a prototipos ideales que dan paso a la evasión y la
fantasía. Es en el siglo XVIII cuando se produce el
mayor número de obras dedicadas a la población
indígena y mestiza y aparecen en la pintura algunos
mitos como el de la Pachamama, diosa de la tierra, que fuera
identificada con la Virgen María, uniendo las culturas
prehispánicas y la cristiana en un símbolo para
ambas. Un ejemplo es la excepcional obra Virgen Cerro de este
museo.
La pintura mestiza seguirá produciéndose en
grandes cantidades entre los artesanos, pintores e imagineros
de los pueblos indígenas, dando paso a la pintura popular
que persistirá durante el siglo XIX. Muestra de este
arte ingenuo son Santa Ana, La Peregrina y San Isidro Labrador,
de este museo, y una variedad de pequeñas obras anónimas
en latón, con temas de devoción popular.
La
colección de pintura del siglo XIX, caracterizada por
el apogeo del retrato, es discreta y cuenta con importantes
ejemplos representativos de la nueva corriente neoclásica.
Se ubican en la transición de siglo algunas obras entre
las que se debe citar El Cristo de Malta, firmada en 1785
por el pintor paceño Diego del Carpio, más conocido
como retratista, y un San José con el Niño (c.
1790) de Ambrosio de Villarroel que constituye buena muestra
de la corrección y el frío academicismo de la
nueva escuela que se formó en Chuquisaca. Ya de pleno
siglo son varios retratos de presidentes, como el de Adolfo
Linares, y otros personajes importantes de la época.
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